La búsqueda

En el prefacio a la segunda edición de El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde se sintió en la obligación de realizar una especie de petición de derechos. Por si las moscas, enfatizó la doble condición del arte, a la vez superficie y símbolo, y agregó, que internarse en una u otra faz de esa doble condición iba por cuenta del lector. Pero, la doble hélice del texto a sopesar palpita, incluso titila —hasta dónde llega la anécdota, hasta dónde la connotación— y nos atrae con la eficiencia del pecado.

Entonces, pequemos…

La escritura de Federico Nogara tiene estilo con linaje reconocible, sutileza sin hermetismo, mucho humor ácido y una segunda intención aviesa porque, como pegada con saliva, va cierta abrumadora inquietud sobre el destino humano y su trágica situación, perpetua, informe, establecida, inmemorial. Avalan este enunciado Juan Carlos Onetti y Ernest Hemingway, omnipresentes ambos, ambos maestros.

Los personajes son muy buenos: una verdadera revelación Willy y Pepo y el viejo de Santucci, que funge de conciencia moral. Hay hasta un juego admonitorio con Vértigo, la película de Alfred Hitchcock, con esas dobles mujeres que personificaba Kim Novak y que le gustaron mucho a este modesto pecador asomado al carácter de opuestos del arte, señalado al inicio por el gran Oscar.

Que el lector peque también. Es mi consejo.

Álvaro Ojeda


Cuando escribí La búsqueda, mi intención no pasaba de acercarme a una forma de encarar la escritura, de recrear un estilo. Como admirador de la literatura estadounidense en sus distintas corrientes, (Hemingway, Baldwin, Faulkner, Dos Passos, Harper Lee, Kerouac, Capote y muchos otros, no me son ajenos), buscaba contactar con el espíritu de la novela negra, especialmente con Chandler, Hammet y Ross Macdonald. La ironía, el doble sentido, decir algo pero de una manera diferente, huir del lugar común de dividir a la gente en buenos y malos, encarar las diferencias sociales, buscar la verdad por encima de todo, ese es el verdadero espíritu de un género literario que algunos han desvirtuado tratándolo como un mero entretenimiento, mientras otros lo han llevado a la categoría de manifiesto social de cambio.

¿Qué pasaría si un familiar cercano al escritor nombrado descubriera un manuscrito titulado La búsqueda entre su obra, lo enviara a un premio organizado por una institución pública, recibiera un premio y tuviera que dejar clara la autoría? ¿Qué pasaría si al comprobar el verdadero nombre detrás de un seudónimo, este es Pablo Neruda, que en realidad se llamaba Ricardo Nestafí? ¿Le otorgarían el premio? Pero por encima de todo, ¿sería justo retirárselo por razones administrativas, vale más la opinión de los funcionarios que el criterio de un jurado? Por último: ¿Es el objetivo de los concursos oficiales elevar el nivel de la escritura y la cultura de la población o un ejercicio, uno más, para cubrir el expediente? Se podría hacer un buen relato sobre estos supuestos. Marlowe tendría mucho trabajo.

Federico Nogara


La búsqueda fue premiada con una mención especial en el Premio Onetti (Montevideo 2015). Cuando los funcionarios encargados de la parte burocrática descubrieron que el texto había sido enviado con doble seudónimo, anularon la distinción.


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